Mostrando entradas con la etiqueta relato corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato corto. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de mayo de 2016

corazones al unísono

Hoy las nubes me trajeron, volando, mientras caminaba lisonjeando la Playita de las Mujeres, exhorta en mis pensamientos, un rostro que no me dejaba indiferente. Ella cruzó altanera el paso de peatones y se incorporó a mi trayectoria revelándose en forma de suspiros, justo, cuatro pasos por delante. En sus primeros progresos al frente de mi marcha ella giraba la cabeza, más de dos, más de tres y una más, para admirar un horizonte perfilado por casas en riadas de escalones arriba y abajo y el Castillo San Sebastián al final del trazo ¡Que pequeño sobre el mar y que magnánima su fortaleza!

La luz era temprana, cegadora si miras al Este. A ella, se le llenó de caballos la sombra que proyectaba y las facciones de su rostro, atesoradas de toda sensibilidad sobre el celeste lienzo que se sustenta en la línea del mar, me excitaban.

Yo, caballo por su sombra, cómplice callado de su desfilar, sincronicé mi paso al suyo para apreciarla a corta distancia y sentir el ritmo del timbal que suena en su interior. Advertí como su rubio ondulado cabello flotaba, al igual que la avanzada de nubes sobre el horizonte, y que olía a rocío. Matices que me sumergen en el patio de mi memoria que un día fuera una fuente con agua y que llevaba tiempo seca, estampa que despertó en mí ansias de pretenderla.

En un santiamén, su mano izquierda, sutil como el planear de las gaviotas, reajustó por detrás, la camiseta ahogada bajo la mordaza del talle de la chaqueta de piel canela que cubría su estilizada figura. Por un instante, desvié la atención a que las gaviotas se entrelazan con otras a lo largo de la playa y que nos acompañaban con sus grotescos graznidos. Entonces lo oí y aunque no encontraba la causa, la causa estaba y se me desveló, era el sonido imperceptible de los flecos que engalanan su coqueta bandolera verde mar tintineando sobre su pierna derecha.  Al unísono se veló para mis tímpanos el goteo sonorico de coches que al igual que con el desfile de cientos de pensamientos que pululan mi mente cada día, en lugar de domarlos, les deje transitar para fijar mi atención en el sonido que su contoneante cuerpo a través del frescor de la mañana iba cortando la brisa delante de mí.

Y fue entonces, cuando posé mi mirada en sus huellas. Sus tacones, instrumentos que atesoran un vibrato de placer, hicieron saltar los cerrojos que encarcelaban mi alma y me poseyeron. Un paso tras otro, sobre el revestido recién saneado, entonaban el ritmo y la cadencia del incesante vaivén de olas que mueren unos metros más abajo y, con la salada humedad del asfalto que bañaba mis sentidos, quede esposado a sus seductivos andares.

Repentinamente, ella se giró dócilmente a la izquierda y encaró su rumbo para franquear la avenida. Experimente un soplo de rebeldía. Yo, que no quería perderla, alcé mi voz con un ¡Espera y Adiós y Gracias! Ella, volvió su rostro espontaneo, sencillo, natural, una sola vez y sonrió ¡Adiós!

Comprendí al instante, en la larga cola de la despedida, infundida por la sabiduría métrica e invisible del amor, que nuestros latidos habían caminado al unísono desde la playa de Santa María del Mar hasta Isecotel y el agua que no corría volvió para darme el agua y enamorada la deje marchar.



Hoy las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España,
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!
Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.
Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme el agua.
Rafael Alberti: Baladas y canciones del Paraná (1953-1954)

lunes, 7 de marzo de 2016

en la piel de la esperanza


Me arrastraba la corriente de un pasado ancestral. La vida se me abría paso a paso, la muerte también, ambas se daban cita en cada presente. Y ocurrirá, durante la tierra velada en sombras, cuando mi cabeza se cubra de los grises archivos del pasado, que la dama vendrá a cegar todo lo que ya no sea vida. Estaré rodeada de un manto de hojas de un color amarillo tardío resistiéndose a adoptar la crujiente naturaleza marrón con que se viste el cambio de estación.   -No faltaré a las exequias-.

Acaece, no obstante que, hoy se ha abierto una brecha en mi conciencia -en estos días me desmorono en lágrimas- Tan fácil como salir de mi zona de confort, de la torre de mi castillo de naipes para pasear por la orilla de lo incierto, me llevó a descubrir un universo de viciados secretos en el lienzo de una realidad que, como humillación ante la muerte, me sostenía en la domesticación recibida durante generaciones, desde la noche de los tiempos.

Ya han pasado varios meses, y ahora, con un punto de cólera por la evidencia de que la vida es impermanente, esta se me revela, como el mar que ha ondulado las conchas de las caracolas, con vaivenes de ola prístina, fundida en gotas que encajan entre sí con la misma precisión que las aguas en el cauce, las nubes entre las montañas o los rayos del sol a través de las ventanas. El ciclo de la vida emergiendo desde el sudario perfumado hasta un retoño depositado en mi vientre.

Ahora que todo es presente en este estado de buena esperanza, desestabilizador para la redención del caos que reinaba en mi vida, es como agua de mayo para saciar la mirada al pasado de una adicta al amor que no tenía razones para la esperanza. De esta suerte es como se me desvelan todos los caminos, todas las oportunidades, la auténtica posibilidad de un propósito vital, el perdón y la sanación de espíritu y mente a través de la senda del amor, borrador de la partitura, para restablecer mi vida con otra vida.

miércoles, 27 de enero de 2016

creación literaria 2016

Disolución

Las besa con suma conciencia para no equivocarse, comprendiendo que a veces es el momento de dejar marchar, de morir sin pugnas, de perderse en la locura, en un suave suicidio. Será una gloriosa experiencia separar para la hoguera las suyas de las mías y legar a la posteridad, esa dama anticuada, pequeñas betas doradas en un álbum de fotos sin dobleces.


Regreso imprevisto

Van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado, y será lo primero que hagan nada más llegar a la ciudad, les dijo con autosugestión. Ana y Gema, le sonrieron a pesar de que sus rostros reflejaban una contorsión de dolor y resignación. Ambas sabían que su madre solo pretendía extraerlas de aquella realidad que tanto le costaba a ella misma de asimilar. Nunca podía imaginarse un final como el que se precipitó a su llegada al campamento de verano, donde dejó, días atrás, a sus radiantes trillizas.



BREUKELEN (palabra de origen holandés, y que da nombre a una pequeña ciudad de este país, que significa “pantano pequeño”, “breuk”-pantano y “elen”-diminutivo, origen del nombre Brooklyn).

En el cuento de Navidad de Auggie Wren, hay un personaje peculiar, por sus maneras y por la amputación de su mano derecha, Cyrus Cole. Cyrus perdió su mano en un accidente, a muy temprana edad, jugando con la podadora de su padre. Su padre, el buen hombre, que vivía la salud en clave de moral con Dios, interpretó en el suceso la mano del castigo divino y desde el mismo instante de aquel trágico advenimiento encomendó su alma y el fruto de su trabajo a la Iglesia Luterana por lo que Crus, que así le gustaba de llamar, paso calamidades en la mesa amen de la exclusión por su condición de manco y señal divina del pecado.

Crus vivía junto a una tienda de tabacos en la esquina entre la Calle tres y la Octava Avenida de Brooklyn. Le gustaba pasar las tardes en el parque del Puente de Brooklyn, desde donde se admiraba la famosa montaña rusa de madera, la Cyclone, al sur, en Coney Island. Jugaba, e imaginando que tenía ambas manos, a ser jardinero del parque y que creaba figuras de árboles de Laurel traídos desde la India. Además, se había propuesto crear el laberinto de setos más descomunal y entreverado del que nadie pudiera salir sin su ayuda. Por encima de todo, Crus, deseaba sentirse útil y reconocido. Encontrando en la jardinería una evasión y la ovación de cientos de turistas y broklinites.

Así es, Cyrus fue contratado por el ayuntamiento del condado de Brooklyn, mucho antes de que la ciudad fuera absorbida por el conglomerado urbano de New York y con el tiempo, su arte y su singularidad, le otorgaron el sobrenombre de “el mago jardinero manco”.

Crus, era un joven por entonces, escuálido, de tez morena y paticorto, cualidad que para trabajar sobre el césped le beneficiaba pero que para tallar los árboles necesitaba de todo tipo de plataformas elevadas. Persona que no se dejó vencer por su diferente capacidad y que con una apasionante voluntad y un prodigioso don consiguió que se le reconociera y homenajeara cada año por sus remodelaciones del espacio verde de la ciudad.  Su esmero y la armonía con que trabajaba otorgaban a los jardines, parques y estanques, en relación con el rocio, los colores, las nubes y el sonido de la naturaleza una energía y vitalidad sin parangón en el mundo de la floriescultura y el paisajismo. Aunque había cursado estudios en la Facultad de Floricultura y sentado catedra en la asignatura, su don en el manejo de las tijeras, el diseño y la ornamentación le venían, decía él, del reequilibrio divino, “me castigó por mi padre y me redimió por mi tesón y amor a la naturaleza”.

El registro grafico de sus recreaciones y trabajos paisajistas lo realizo el que llegó a ser su amigo y compañero de largas jornadas, el fotógrafo Auggie Wren, al que conoció en la esquina de su casa mientras este retrataba una mañana y mañana y mañana, así todos los días del año, el mismo encuadre de su calle. 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Hoy las nubes me trajeron, corazones al unísono


fotografía tomada en Cádiz desde la Avenida de la Bahía,
autoría por mi desconocida.

Hoy las nubes me trajeron, volando, mientras caminaba lisonjeando el mapa de España, bordeando la Playita de las Mujeres, exhorto en mis pensamientos, un rostro que no me dejaba indiferente. Ella cruzó altanera el paso de peatones y se incorporó a mi trayectoria, justo, cuatro pasos por delante. En sus primeros progresos al frente de mi marcha ella giraba la cabeza, más de dos, más de tres y una más, para admirar un horizonte perfilado por casas en riadas de escalones arriba y abajo y el Castillo San Sebastián al final del trazo ¡Que pequeño sobre el río!

La luz era temprana, cegadora si miras al Este. Se le llenó de caballos la sombra que proyectaba y las facciones de su rostro sobre el celeste lienzo que se sustenta en la línea del mar, me excitaban.

Yo, caballo, por su sombra sincronicé mi paso al suyo para apreciarla a corta distancia. Advertí como su rubio ondulado cabello flotaba como la avanzada de nubes sobre el horizonte y que olía a rocio. Matices que me sumergen en el patio que un día fuera una fuente con agua y despertaron en mí, ansias de pretenderla.

En un santiamén, su mano izquierda, sutil como el planear de las gaviotas, reajustó por detrás, la camiseta ahogada bajo la mordaza del talle de la chaqueta de piel canela que cubría su estilizada figura. Por un instante, desvié la atención a que las gaviotas se entrelazan con otras a lo largo de la playa y que nos acompañaban con sus grotescos graznidos. Entonces lo oí y aunque no encontraba la fuente, la fuente estaba y se me desveló, era el sonido imperceptible de los flecos que engalanan su coqueta bandolera verde mar tintineando sobre su pierna derecha.  Al unísono se veló para mis tímpanos el goteo sonórico de coches que al igual que con el desfile de cientos de pensamientos que pululan mi mente cada día, en lugar de domarlos, les deje transitar.

Y fue entonces, cuando posé mi mirada en sus huellas. Un paso tras otro, sobre el revestido recién saneado, que entonaban el ritmo y la cadencia del incesante vaivén de olas que mueren unos metros más abajo y la humedad con sal del asfalto bañaba mis sentidos, preso de sus seductivos andares.

Repentinamente, ella se giró dócilmente a la izquierda y encaró su rumbo para franquear la avenida. Experimente un soplo de rebeldía. Yo, que no quería perderla, alcé mi voz con un ¡Espera y Adiós y Gracias! Ella, volvió su rostro espontaneo, sencillo, natural, una sola vez y sonrió ¡Adiós!

Comprendí al instante, en la larga cola de la despedida, que nuestros latidos habían caminado al unísono desde la playa de Santa María del Mar hasta Isecotel y el agua que no corría volvió para darme el agua. Y la deje marchar.

Poema original de Alberti 
Hoy las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España,
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!
Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.
Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme el agua.
Rafael Alberti: Baladas y canciones del Paraná (1953-1954)