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jueves, 13 de octubre de 2016

Un Monstruo Viene a Verme

Mural pintado en la unidad de consultas pediátricas del
Hospital Universitario Puerta del Mar, Cádiz
Cuando la vida mueve a una persona -que aún es joven para considerarla una adulta o que aún no tiene la edad suficiente para dejar de ser una inmadura- a pasar por el trance de la enfermedad oncológica ocurre como en la historia real de la Guerra Civil estadounidense, que culminó en la batalla de New Market, en mayo de 1864. Un grupo de cadetes adolescentes al abrigo de la guerra en el Instituto Militar de Virginia debe enfrentarse a los horrores de un mundo de personas adultas cuando son llamados a defender el Valle de Shenandoah. Dejando atrás su juventud, estos cadetes deben decidir lo que están luchando. Atravesando un campo enfangado dejan atrás sus zapatos. La batalla fue llamada del “Campo de los Zapatos Perdidos”. 

Así pienso yo que una persona adolescente debe sentirse al tener que afrontar la enfermedad a tan temprana edad, cuando aún sus mejillas están encarnadas de virtud. Descalza. 

En muchos casos, las personas -y en concreto para este texto, en la adolescencia- se ven arrastradas por la corriente de un proceso cruel, bien como persona paciente o como familiar. Cuando la muerte se abre camino paso a paso abre, también, una brecha en el inmaculado lienzo de la inocencia pueril. No corresponde a esa edad -como relata Marta Ligioiz en su libro “Curso de vuelo para constructores de sueños (https://books.google.es/books?isbn=8490197113) “comprender que a veces es el momento de morir, de dejar el cuerpo sin luchar, que es importante mimar ese paso con todo el calor y la consciencia de que se fuera capaz, sin perderse en una locura”.

En esa edad, un tiempo fuerte en el que tienen lugar cambios e intercambios, internos y con el entorno, donde es la hora de la sencillez y la bondad, la idea de ir atada al faldón de una camisa impuesta por la impostura injusta de la finitud del ser humano es una amargura absoluta, despejada de realismo cotidiano, del juego físico y el verso blanco, una ironía siniestra y absurda.

A pesar de la desatinada parodia y el marasmo de dolor, la vida estimula un carmesí destilado en el fondo de la copa. Las historias de superación y aprendizaje, realidades prácticas que tienen mucho de mágicas irrealidades, se cuentan entre personas adolescentes que han tenido y tienen que traspasar el oscuro umbral del cáncer.

En muchos casos la vida se deviene en un intrincado teatro para desvelar una personalidad corporal, emocional y volitiva, con una sabiduría orgánica e irreversible de la vida que sorprende a las personas adultas que forman el entorno de esta juventud a la que le toca vivir la pesadumbre y la desdicha de un insoportable diagnóstico.

A veces, cuando la persona adolescente se encuentra en un páramo donde la fantasía es la puerta de salida más obvia para recalar a la orilla de la seguridad, la libido de los colores de su imaginación le hunden en la raíz primigenia de la salud mental: la inocencia, donde el dolor se mitiga rescatando al naufrago del gélido océano de la enfermedad.

A esta edad, y en la enfermedad, hay necesidad de ser reconocida. Necesidad de amor. Necesidad de releer la propia vida. Necesidad de sentido. Necesidad de perdón. Necesidad de establecer la vida. Necesidad de continuidad. Necesidad de esperanza.

Y para acabar este post, una invitación: es necesario sentir el tambor que suena en el interior para acogida por entre las ramas del Tejo aceptar la pérdida de los lazos frágiles, pero extraordinariamente poderosos que nos unen a la vida y de esta manera, superar el miedo a soltarse. Si estaba triste el otoño de la desolación, irrumpir en una soleada tarde de mayo. No es momento de parar la función en el verdor de la estación florida.

*texto inspirado por la película Un monstruo viene a verme*


viernes, 23 de septiembre de 2016

esperanzadora utopía, la investigación oncológica

colectivos que han puesto en marcha la causa
No está en la mano del ser humano alcanzar la inmortalidad. Un concepto muy ligado al término Esperanza.

Pienso que debemos abandonar la búsqueda de la inmortalidad del alma adoptada por la etapa cósmica de la cultura como forma de esperanza. Sí bien es cierto que hoy día, en el actual estadio de la cultura, reina la ausencia de esperanza. No obstante, ciencia y técnica se unen en esta utopía.

Todos los seres vivos de la tierra conocida tienen en su denominación de origen la finitud. Somos seres mortales por naturaleza. Dice Max Scheler que “el hombre ha de practicar una sana “frivolidad metafísica” que neutralice el pensamiento aniquilador de la muerte y haga tolerable el cotidiano vivir”.

Hoy día la investigación médico-científica, en post de erradicar la enfermedad del espectro humano, ha avanzado mucho en esta senda.

Hoy (24 de septiembre) se presentaba en España y se celebraba, por primera vez, primicia e hito mundial, el “Día Mundial de la Investigación en Cáncer”, abanderaba el acto y el proyecto junto a otras diez instituciones la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) y la Fundación Científica de la AECC  -de la que me honra ser parte activa-. El acto se celebra en Barcelona, metrópolis internacional.

El lema de este su primer año, hoy 24 de septiembre de 2016, coincidiendo con el día del nacimiento de Severo Ochoa, no es otro que una abrumadora sentencia y declaración de intereses:

“On a day like today we will find a tomorrow without cáncer”

-un día como hoy encontraremos un mañana sin cáncer-

¿Utopía? Sí. Quiero decir, y es el pilar fundamental de la iniciativa, allanar el camino (utopía, definida por Galeano) para un mañana donde el cáncer sea otra cosa y no como le conocemos hoy. Generar un viento que sople favorable sobre las velas (la investigación global) que nos lleve a buen puerto.

Quizás no se erradique el cáncer, quizás sí, no lo sé, no lo sabemos. Empero, estoy convencida que impulsando la investigación global y abriendo nuevas sendas de investigación como, por ejemplo: donde las personas pacientes no sean meras cobayas de laboratorio sino parte integrante del equipo investigador, inocularemos los efectos devastadores de las enfermedades cáncer para las personas y para la sociedad mundial en su conjunto.

Todo ello depende, única y exclusivamente, de la totalidad de la humanidad. El cáncer es un problema global y se necesita una respuesta global para atajarlo.

Repito palabras de Doña Leticia al cerrar el Acto Institucional de la AECC’16 refiriéndose a la investigación oncológica: es el momento de acelerar todas a la vez”

Para adherirte a esta iniciativa, súmate a un mundo sin cáncer, visita la web del proyecto:

vídeo del acto, (visionar a partir de 1:58:00), duración una hora.