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martes, 6 de diciembre de 2016

lugares, que estaban y quizás ya no esten


Cada vez que paso por delante del número veinte de la calle La Rosa me brota la presencia de mis abuelos paternos y cientos de recuerdos de mis primeros años florecen atropelladamente como perlas blancas a través de mi melocotón. Evocaciones de mi abuelo Paco, del que heredamos las habilidades para el trabajo. Y de mi abuela María, que grises sus pelos y aunque no brillaban se adivinaba su bondad. Ella me llevaba los sábados a la plaza y siempre, siempre, siempre me compraba un regalo.

En el número veinte morábamos en familiar vecindad, recuerdo tener al menos cuatro o cinco abuelas más: la vecina Pepa, del segundo como nosotras, puerta con puerta, después de mi natural abuela, era mi favorita.

El número veinte de la calle La Rosa tenía y tiene una azotea con ancianos y canosos pretiles, pies para multitud de macetas: paleta de colores y abanico de olores, que la dividen en territorios comanches donde jugaba con mis hermanos en dilatadas y renovadas aventuras, en unas yo era de las bienhechoras, en otras me tocaba hacer de bellaca. Una azotea presidida por su lavadero, materia prima para la invención de nuestra fantasía. Es como si lo estuviese viendo ahora mismo: un techo de afligidas vigas de madera de las que se ahorcaban infinidad de trastos y en el centro pendía, reina de la situación, una gorda, triste y sola bombilla que lentamente prestaba su color amarillo tardío al girar la llave detrás de la puerta. Sobre uno de sus lienzos, cinco lebrillos como ruedas de carros, donde además de lavar la ropa rodándola por la maltratada tabla de pino con su jabón de sosa, tanto en verano como en invierno, nos frotaban a nosotras. Y formando junto a ellos una ele, bajo la única y desnuda ventana de la estancia por la que invadía el sol de la tarde, alineadas, cuatro enormes tinajas de fresca y transparente agua. Bajo sus tapas, de atormentada madera, se revelaban flotando una maraña de gusarapos, bastaba con apartarlos con el mismo jarrillo que llenabas para calmar la sed. Un recuerdo que me acalambra, de este pintoresquisimo espacio, es olor de morrocotudos gatos que se colaban, aún, no sé por dónde y, sentir el húmedo aroma de lo animal, me eriza el bello.

Del número veinte de la calle La Rosa solo conservo, a modo de reliquia, la llave que custodiaba la puerta de dos hojas de madera repintada de verde que amen de guardar el interior, aunque no impidiese entrar a los gatos, nos servía de escalinata para subirnos a la techumbre, atalaya mirador desde donde podíamos divisar un mar de cordeles con olas de ropas que, en días de Levante, pareciera que quisieran acariciar el esponjoso vientre de las nubes sobre el seductor tetris de vecinas azoteas que nos envolvían y asediaban.

En el número veinte de la calle La Rosa, va a hacer hoy 52 años, diez meses y 22 días, nací yo.


Escuelita de las Palabras, 2016/17 Cádiz
agradecimiento a mis compañeras y a Bea y Miguel por llevarnos de la mano!!!








jueves, 2 de abril de 2015

en torno a un poste vertical

Me acuerdo de mi abuela, una mujer menuda, lo sé ahora, entonces una abuela titánica. Cariñosa y generosa, de pelo plateado y sonrisa tenoria.

Recuerdo que cada sábado me llevaba al mercado y no falto uno donde me agraciara con aquello que yo eligiera, a veces, las más, un Madelman o el equipamiento de otro que ya tuviera, otras veces unos paquetitos de soldaditos miniaturas que tanto me gustaban y que llenaban mis horas entre campos de batallas sureños o enfrentamientos belicosos entre alemanes y españoles sobre  tierras rocosas  y valles formados por los ropajes de la inmensa cama de mis padres -No sé de dónde sacaba yo tanta imaginación para no repetir lides ni parajes-.

escalera caracol en la Torre Ieronimus,
Catedral de Salamanca
Mi abuela, que se llamaba María, era quien nos tutelaba y atendía la casa. Mi padre nunca estaba y mi madre cosía para la calle a señoras de alcurnia. De alguna vez, que me llevaba con ella, tengo en la retentiva una escalera de caracol en uno de los salones de la casa de los Medialdea -un palacete en la calle Benjumeda-  que nunca pude culebrear hasta el final a pesar de que nadie me lo impedía. No sé si el respeto o el miedo a encontrarme con aquel olor rancio y trasnochado que bajaba por la torcida escalera y aún hoy me sigue incendiando ciertos temores -Hoy por hoy no estoy seguro si quería o no ir a aquella casa pero no era yo quien lo decidía-. 

Se les podía llamar como quisieran, moradas de alta alcurnia para familias de buena crianza, pero para la incansable imaginación de un angelote como yo aquella mansión era hechicera y peligrosa y me refugiaba en silencio tras una mecedora ubicada con la distancia suficiente de la “caracol”  como para no ser atormentado por el fantasma del palacete pero sí estar ojo avizor.

Nunca le hable a mi abuela María de aquello, con ella no había miedos, con ella me sentía un príncipe.